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Sobre la Comunicación no Violenta de Rosenberg

La comunicación emocional no violenta

Nos permite resolver conflictos de forma emocional y racional, dejando a un lado los métodos de resolución de conflictos más tradicionales y violentos. A veces, pueden parecer ridículos y “surrealistas” por la forma en que se llevan a cabo. Para ello, hay que tener en cuenta los 3 tipos de personalidad o conducta que existen:

Pasiva o pasiva-agresiva: La reacción humana más corriente en sociedades tradicionales, familia, empresa, etc., que tiene lugar ante una persona con autoridad que desagrada. La adoptamos también cuando queremos evitar el conflicto. No contribuye a resolverlo. Un sujeto típico igualmente es el llamado “pelota” o aprovechado.

Agresiva: Menos frecuente y típicamente masculina. Tampoco ayuda a resolver conflictos y se suele saldar con pérdidas materiales (divorcio, despido…). El típico sujeto es el “respondón”, el que no sabe callarse a tiempo. Está comprobado que este tipo de comportamiento produce hipertensión y enfermedades cardiovasculares.

Asertiva (no pasivo ni agresivo): Esta conducta la muestra el que conoce los defectos de los demás y siente afecto. El único comportamiento que permite dar y recibir a cambio lo que es necesario, respetando siempre los límites propios y las necesidades del otro (comunicación emocional no violenta).

Para poder llegar a este último tipo de conducta hay que tener en cuenta los siguientes aspectos:

  • Respecto a la vida en pareja: Descubrimientos en el “Love Lab” de Seattle. La pareja feliz no existe, ni ninguna relación afectiva duradera, sin conflicto crónico. De hecho, las parejas que no tienen tema de discusión crónico han de ir con cuidado, ya que la ausencia de conflictos es señal de una distancia emocional tal que excluye toda verdadera relación. No hay nada que afecte más a nuestro cerebro emocional y a nuestra fisiología como cuando nos sentimos emocionalmente alejados de aquellos con los que estamos más apegados: nuestra pareja, hijos, padres. En el “Love lab”, una palabra de más, una minúscula risita de menosprecio o disgusto, apenas visible, basta para provocar una aceleración del ritmo cardíaco en aquellos a quienes está destinada. Una indirecta bien colocada y sazonada con un poco de desprecio y la frecuencia cardíaca ascenderá brutalmente a 110 latidos por minuto (frecuencia cardíaca básica para hombre = 70; mujer = 80). El problema radica en el hecho de que una vez que el cerebro emocional se pone en alerta de esta manera, suprime completamente la capacidad del cerebro cognitivo de razonar de manera racional (el córtex anterior se halla “desconectado”). Los hombres, y muchas mujeres también, son afectados por lo que Gottman denomina “inundación afectiva”: una vez activada su fisiología, se ahogan en las emociones y no piensan más que en términos de defensa y ataque. No intentan encontrar una solución o respuesta que calmaría la situación conflictiva.
  • mRosenbergHay 4 actitudes que destruyen las relaciones personales y afectivas: Activan el cerebro emocional del otro hasta tal punto que éste se torna incapaz de responder de otra manera que no sea con maldad, o retirándose como un animal herido. Gracias a estas 4 actitudes estaremos seguros de no obtener lo que deseamos en la relación, y sin embargo son las que siempre adoptamos para que se hagan cargo de nuestras batallas afectivas. Éstas son:

1-Crítica: Criticar al otro en lugar de presentarle una queja o petición justa y razonable.

Crítica

Queja

“Llegas tarde. Pero qué egoísta eres. Solo piensas en ti”. “Son las 9. Dijiste que llegarías aquí a las 8, y es la 2ª vez en esta semana. Me siento solo y me molesta cuando tengo que esperarte tanto”

Una queja legítima cuenta con todas las probabilidades de ser comprendida, mientras que una crítica no desencadenará más que resentimiento, mala voluntad o un ataque virulento. Incluso ante una crítica agresiva se puede responder de una forma no violenta del tipo: “Mire caballero, cuando levanta la voz, me resulta imposible concentrarme para tratar de ayudarle”. De esta manera se ofrece al ofensor la ocasión perfecta para disculparse sin sufrir ninguna humillación.

2-Desprecio: Se manifiesta a través de insultos, desde los más suaves (“su comportamiento es inapropiado”) a los más violentos y clásicos (“qué idiota eres”). Las expresiones en el rostro también comunican desprecio (ojos que se giran hacia arriba en respuesta a algo que se dice…), y que hieren a la persona que tenemos delante, especialmente si vivimos o trabajamos con ella, imposibilitando una resolución de la situación (ya que el mensaje que se recibe es que no evocamos más que desagrado). Otra forma es el sarcasmo, que puede hacer también mucho daño.

3-Contraataque y retirada total: Cuando se es atacado, el cerebro emocional nos ofrece dos soluciones: lucha o huida. Estas dos posibilidades se han grabado en nuestros genes tras muchos miles de años de evolución, y son las soluciones perfectas para un reptil o un insecto, pero no para una persona.

El contraataque no conoce más que dos opciones:

-Herida a causa de mi contraataque, la otra persona reacciona con violencia (escalada de violencia). El círculo vicioso se perpetúa hasta la destrucción de la relación (separación, divorcio o algo peor).

-La otra persona queda vencida y humillada por nuestro contraataque. El vencido queda herido y lastimado tras esta “victoria”, y esta herida no hace más que profundizar el abismo emocional y agravar la dificultad de la convivencia. Jamás un contraataque violento ha dado a la otra parte un sincero deseo de disculparse y abrazarse.

La retirada total es una especialidad masculina que exaspera sobre todo a las mujeres. Suele prefigurar la última fase de la desintegración de una relación afectiva o profesional. Tras semanas o meses de ataques y contraataques, de críticas, uno de los protagonistas acaba por abandonar el campo de batalla, en todo caso emocionalmente. Cuando el otro busca el contacto, quiere hablar, el primero se enfada y le ignora hasta que todo pase. La otra parte, exasperada por esta actitud que pretende ignorarla por completo, habla cada vez más alto para terminar gritando. Esto puede conducir incluso a la violencia física como tentativa desesperada de reanudar el vínculo con el otro, de hacer que comprenda nuestras emociones y nuestro dolor. La retirada afectiva no es tampoco una manera eficaz de resolver los conflictos.

  • CNVPrincipios de la comunicación no violenta efectiva, que hace posible que el mensaje llegue a su destino sin alienar a su destinatario, y que por el contrario, inspira respeto y le da ganas de ayudarnos:

1Sustituir todo juicio y crítica por una observación objetiva. Cuanto más objetivo y preciso se es en el comentario, más posibilidades existen de que lo que decimos sea interpretado por el otro como una tentativa legítima de comunicación en lugar de una crítica potencial.

Sustituir

por

“Es usted un incompetente. Este informe es un desastre” “En este informe hay un par de ideas que creo no acaban de comunicar nuestro mensaje”.

2-Evitar todo juicio respecto al otro para concentrarse en lo que se siente. Esta es la clave absoluta de la comunicación emocional eficaz. Si hablo de lo que siento, nadie puede discutírmelo, ya que solamente me pertenece a mí.

Si digo: “Llegas tarde, eres un egoísta. Solo piensas en ti” Obligamos al otro a contraatacar, a responder violentamente a lo que digo violentamente.

Sin embargo, si digo: “Habíamos quedado a las 8 y son las 8:30. Es la segunda vez que ocurre. Cuando haces eso me siento humillado y frustrado” El otro no puede cuestionar mis sentimientos ya que son solamente míos. Le ofrecemos la oportunidad de que me comprenda, de disculparse y cambiar de actitud.

El secreto consiste en describir la situación con frases que empiezan por “yo” en vez de “tú” o “vosotros”. Al hablar de mí y solamente de mí, no estoy criticando a mi interlocutor, ni le ataco, sino que me mantengo en la emoción y el sentimiento y, por tanto, en la apertura, la autenticidad y la objetividad. Si soy honesto conmigo mismo, llegaré incluso a mostrarme vulnerable, para expresarle el daño que me ha causado. El mostrar esta debilidad, este “soy débil y vulnerable” de una forma tan cándida, es precisamente lo que desarma al “adversario” y le animará a cooperar en la medida en que él también desee conservar nuestra relación.

En resumidas cuentas, no se habla más que de dos cosas: lo que ha ocurrido objetivamente, lo cual no se presta a discusión alguna, y lo que se siente en ese mismo momento. No se comenta nada sobre lo que se piensa del otro, algo que de todos modos no sirve absolutamente para nada más que estropear una posible solución al problema. Según Rosenberg, resulta aún más eficaz no solo decir lo que se siente, sino también hacer al otro partícipe de la esperanza compartida que ha fracasado: “Cuando llegas tarde y resulta que teníamos una cita para ir al cine, me siento frustrado porque me encanta poder ver el principio de la película. Me gusta ver la película entera”.

  • El plano de 6 puntos: O.L.A.-C.E.E.

O Origen.

Asegurarse de dirigirse correctamente a la persona origen del conflicto y que cuenta con los medios para resolverlo. Precisamente no nos dirigimos bien a la persona que, por ejemplo, nos ha ofendido, sino que nuestra primera reacción es agresiva o de queja, normalmente vertida en comentarios sobre esa persona, dirigidos a familiares y amigos o compañeros de trabajo. En el mejor de los casos, el ofensor no oye hablar más del tema, o le llegan los comentarios que yo he hecho, normalmente deformados y exagerados por terceras personas, quedando yo como un auténtico cobarde (lo peor que podría ocurrir).

Por tanto, para ganarme su respeto o cambiar su comportamiento y actitud, deberé hablar con esa persona, ya que soy el único que puede hacerlo. Es lo más difícil y en realidad no quiero hacerlo, pero es lo más eficaz: Hay que dirigirse al origen del problema.

L  Lugar y momento.

Procurar que la discusión tenga lugar en una zona privada y protegida y en el momento adecuado. No enfrentarse al agresor en público ni en el pasillo. Tampoco iniciar la conversación en caliente, de inmediato o cuando se está en una situación estresante. Elegir un lugar donde se pueda hablar con tranquilidad y asegurarse que la persona con la que se quiere hablar está disponible y tranquila.

A  Aproximación amistosa.

Para hacerse comprender, antes tenemos que estar seguros de que nos van a escuchar. Mantener una actitud agresiva o tono de voz exigente significa un fracaso total en el acto de comunicación. Si un interlocutor se siente agredido, éste tiende a ahogarse en sus propias emociones incluso antes de iniciar la conversación (Gottman-Love lab), tras lo cual ya no existe solución al conflicto. Por tanto, hay que intentar que el interlocutor esté cómodo desde las primeras palabras; hay que abrirle los oídos en vez de cerrárselos. ¡Utilicemos su nombre para dirigirnos a él o ella! Los psicólogos lo denominan el “fenómeno del cóctel”: En una reunión, todo el mundo conversa en grupos. Los diálogos de otros grupos son filtrados y eliminados por nuestra atención, hasta que alguien pronuncia nuestro nombre. En ese momento giramos la cabeza, ya que atrae toda nuestra atención. Somos más receptivos a nuestro nombre que a cualquier otra palabra.

Así pues, sea lo que sea lo que tengamos que decir a nuestro ofensor, hay que comenzar llamándole por su nombre, para enseguida hacerle un comentario amable, a condición de que éste sea cierto (es muy importante): “Pedro, agradezco las observaciones que ha realizado sobre mi trabajo. Eso me permite mejorar”.

C  Comportamiento objetivo.

Entrar en el tema: Levantar acta del comportamiento que motiva nuestra queja, describiendo lo que ha sucedido sin emitir ningún juicio o crítica: “Como usted hizo esto” y no “como usted se portó como un estúpido”.

E  Emoción.

La descripción de los hechos debe ser seguida inmediatamente por la expresión de la emoción que se ha sentido. ¡Cuidado! No se debe mencionar la propia cólera o ira que se sintió (“me enfurecí/enfadé mucho cuando dijo eso”), ya que es una emoción dirigida hacia el otro, y no la expresión de una herida íntima. Es más eficaz hablar de uno mismo: “Me sentí herido y humillado”.

E  Esperanza frustrada.

Seguidamente, se menciona una esperanza frustrada enfocada a una necesidad que se siente y no ha sido satisfecha: “Necesito sentirme seguro en la oficina, saber que no seré humillado ni herido por sus comentarios mordaces, sobre todo proveniente de alguien tan importante como usted”; “necesito que me prestes atención, sentir que te importo, incluso cuando estamos con amigos”.

En una situación de conflicto sólo existen 3 formas de reaccionar:

-La pasividad o pasividad-agresividad.

-La agresividad (más peligrosa).

-La comunicación emocional no violenta o asertiva (la más eficaz).

Sin embargo, dependiendo de las circunstancias conviene ser a veces pasivo o agresivo antes que asertivo, especialmente cuando el motivo es menor y no merece nuestra atención o tiempo: Por ejemplo, aceptar un insulto o en una discusión de tráfico, el comportamiento pasivo puede ser el más adecuado, ya que se evita un mal mayor. Por el contrario, en situaciones de urgencia o peligro es normal ser agresivo (por ejemplo, en el ejército o la policía). En cada ocasión nos corresponde a nosotros saber elegir cuál es el más adecuado para cada situación.

Igualmente importante es saber aprovechar las ocasiones de profundizar nuestras relaciones con los demás, sobre todo con nuestra presencia cuando sufren o necesitan nuestra ayuda.

  • Escuchando con el corazón: Hay que hallar la manera más eficaz y humana de entrar en contacto y ayudar a las personas que están sufriendo a sentirse mejor. El método QELAE, que recomiendo a todos los médicos noveles y yo mismo utilizo con mis pacientes, se resume en 5 preguntas clave que se suceden con mucha rapidez:

-Q ¿Qué ha ocurrido?: La persona que está sufriendo debe contarnos lo que ha le ha pasado y que le hace sufrir. No hay que entrar en detalles, sino al contrario. Escuchar a la persona durante 3 minutos aproximadamente, interrumpiéndola lo menos posible. Lo esencial en el fondo nunca son los hechos en sí, sino las emociones, así que se pasa rápidamente a la siguiente y más importante pregunta (Stuart y Lieberman).

-E ¿Qué sintió usted cuando ocurrió? ¿Cómo se sintió? ¿Qué sintió cuando pasó?

-L Lo más difícil. Para no ahogarse en la emoción, el mejor método es sumergirse hasta el fondo, en el corazón del dolor. Sólo desde ahí se puede remontar hacia la superficie. ¿Qué es lo que le/te ha resultado más difícil? Esta pregunta sirve para enfocar el espíritu del que sufre. Permite empezar a reagrupar las ideas sobre el punto fundamental, el que hace más daño, mientras que si dejamos libre al espíritu, éste tiene tendencia a partir en todas direcciones.

-A Afrontar. Tras permitir que la emoción se exprese, a continuación hay que aprovechar el hecho de que la energía está concentrada en el origen principal del problema: ¿Y qué es lo que más le ayuda a hacerle frente? La atención de la persona se dirige inmediatamente hacia los recursos existentes a su alrededor y que pueden ayudarle a salir y recuperarse. La capacidad de las personas para salir de las situaciones más difíciles es inmensa. Lo que suelen necesitar más es que se les ayude a volver a ponerse en pie, antes que alguien les solucione los problemas. Nosotros somos mucho más fuertes y resistentes de lo que nos creemos. En lugar de pensar: “No te quedes ahí, ¡haz algo!” cuando alguien expresa su emoción y dolor, debemos pensar: “¡No hagas nada! ¡Quédate ahí así!”. Pues el papel más beneficioso que podemos desempeñar por lo general, es permanecer simplemente ahí y acompañar, en lugar de proponer soluciones una tras otra, o de cargarnos a la espalda problemas que nos incumben (ya tenemos suficientes con los nuestros).

-E Empatía. Siempre terminar expresando con palabras sinceras lo que se ha sentido al escuchar al otro. La finalidad es comunicarle que durante unos minutos hemos compartido su carga. Al final de la conversación se marchará solo, con su pesada carga, pero durante unos instantes habrá sido compartida y comprendido su dolor. Este recuerdo le permitirá sentirse menos solo en el camino. Algunas palabras simples generalmente bastan: “Debe resultarte duro”, “siento muchísimo lo que te ha pasado; yo también me he sentido conmovido al escucharte”. El ser humano necesita sentirse menos solo cuando sufre (como los niños que se hacen “pupa” solicitan el consuelo de sus padres). Esta técnica supone un intercambio emocional exitoso que, aunque no nos cure instantáneamente, desarrolla nuestro cerebro límbico, aportándonos autoestima y confianza en nosotros mismos y en la capacidad de relacionarnos con los demás. Aún más, esta confianza nos protege de la ansiedad y la depresión.

No se puede hacer como si las relaciones afectivas muy dolorosas no existieran. No se las puede evitar tomando antidepresivos ni siguiendo tratamientos naturales, sino que hay que afrontar los problemas que las causan. Para ello, la comunicación emocional es una gran ayuda, aunque el control de este tipo de comunicación no se consiga en un día, ni en un año: Es algo que hay que mejorar siempre, durante toda la vida. Sin embargo, sus beneficios se dejan notar inmediatamente. El cerebro emocional se estabiliza, y al volverse más receptivo a nuestros sentimientos y a los de los demás, la coherencia cardíaca nos permite hallar las palabras con más facilidad y permanecer centrados en nuestra integridad. Consecuentemente, la gestión de la comunicación se convierte verdaderamente en el factor esencial para curar el cerebro emocional. El ser humano es profundamente social y no puede vivir feliz ni curarse en el fondo a sí mismo, si no encuentra un sentido a su relación con el mundo que le rodea; es decir, en lo que aporta a los demás.

  • ComunicacionNoViolenta Marshall B. RosenbergLa relación con los demás. Actualmente, al estar liberados de los vínculos, deberes y obligaciones hacia los demás, nunca antes habíamos disfrutado de tanta libertad ni sufrido tanto riesgo de perdernos y encontrarnos solos. Ésta es, sin duda, otra de las razones de que el índice de depresión parezca haber aumentado en Occidente durante los últimos 50 años. El amor que profesamos a nuestro cónyuge e hijos es probablemente la fuente de sentido más evidente de nuestra existencia. Pero la importancia de los demás en nuestro propio equilibrio no se limita a la familia nuclear (cónyuge e hijos), sino que cuanto más integrados estamos en una comunidad que nos importa, más tenemos la sensación de tener un papel, un sitio que cuenta para los demás. De este modo, más fácil nos resulta salir de nuestra sensación de ansiedad, desesperación y falta de sentido, los cuales se traducen en depresión, sensación de vacío y fisiológicamente en noches en blanco, falta de apetito y continuas quejas.

Este sentido que se encuentra en la relación con los demás no es un dictado de la cultura o moral social. Es una necesidad del propio cerebro. En efecto, en los últimos 30 años, la sociobiología ha demostrado que nuestros genes son altruistas y desinteresados. La orientación hacia los demás y la paz interior que obtenemos de ello, forman parte de nuestra factoría genética. Así, no resulta extraño hallar este altruismo en las grandes religiones. Primero es una experiencia en el cuerpo, una emoción vivida por millones de seres humanos, sean religiosos o ateos.

En los estudios sobre las personas que son más felices en su vida que los demás, se aprecian sistemáticamente 2 factores: gozan de relaciones estables con seres próximos y participan activamente en su comunidad.

El compromiso con la comunidad es el hecho de ofrecer la lpropia persona y el propio tiempo a una causa de la que a cambio no recibimos beneficios materiales. Es una de las actividades más eficaces, porque se treata de paliar el sentimiento de vacío que tan a menudo acompaña a los estados depresivos. Emile Durkheim, en su obra sociológica El suicida, ha demostrado que son las personas menos “bien” integradas en su comunidad las que más se suicidan. Más tarde, los sociólogos estadounidenses constataron que no solamente las personas que participan en actividades comunitarias son más felices, sino que también gozan de mejor salud y viven más que los demás. El placer de la relación con los demás, el sentimiento de estar integrado en el grupo social, es un remedio notable para el cerebro emocional, y por ello, para todo el cuerpo.

El psiquiatra austríaco Víctor Frankl, quien sobrevivió a un campo de concentración nazi y relata sus experiencias en una de sus obras, llega a las mismas conclusiones que los estudios: Para sobrevivir en un universo frío e indiferente, hay que encontrarle un sentido a la propia existencia, conectarse a alguna cosa. Su consejo en las situaciones de desesperación era no pedir a la vida lo que ésta puede hacer por nosotros, sino siempre preguntarnos qué podemos hacer nosotros por ella. Puede que simplemente se trate de realizar el propio trabajo con más generosidad, teniendo presente que aporte algo a los demás. También se puede consagrar un poco de nuestro tiempo, una vez por semana, a una causa, un grupo o incluso una persona o animal, al que queramos. La madre Teresa, campeona de la compasión y el amor, solía decir: “No busquéis acciones espectaculares. Lo que importa es que déis algo de vosotros mismos. Lo que cuenta es el grado de compasión implícito en vuestros gestos”.

El psicólogo humanista Abraham Maslow concluía al final de sus estudios sobre las personas felices y psicológicamente equilibradas, que el estadio último del desarrollo personal es aquel en el que el ser humano “actualizado” puede empezar a volverse hacia los demás. Incluso hablaba de convertirse en “servidor”, insistiendo en la importancia de la autorrealización: “La mejor forma de convertirse en un servidor mejor de los demás es convertirse uno mismo en una persona mejor. Pero para llegar a ser una persona mejor, es necesario servir a los demás. Así pues, es posible, incluso obligatorio, hacer ambas cosas simultáneamente”.

Los estudios fisiológicos modernos confirman las conclusiones de Durkheim, Frankl y Maslow: Cuando se mide la coherencia cardíaca por ordenador, se constata que la manera más sencilla y rápida de que el cuerpo entre en coherencia, es contar con sentimientos de gratitud y ternura respecto a los demás. Cuando nos sentimos visceral y emocionalmente en relación con quienes nos rodean, nuestra fisiología entra de forma espontánea en coherencia. Igualmente, cuando ayudamos a nuestra fisiología a entrar en coherencia, estamos abriendo la puerta a nuevas formas de aprehender el mundo a nuestro alrededor. Es el círculo virtuoso que evocaba Maslow. El portal hacia la autorrealización.

Cómo empezar.

No es necesario elegir un tratamiento excluyendo a los demás. Si se combinan, todos se refuerzan entre sí, siempre y cuando supongan un cambio profundo en el modo de vida del enfermo: control de estrés, alimentación, ejercicio físico y demás.

Incluso los psicoanalistas más reacios y los psiquiatras biológicos reconocen una cosa: el mejor tratamiento que la medicina convencional puede ofrecer para una depresión crónica, combina la psicoterapia y el tratamiento mediante un medicamento.

Para tratar una enfermedad crónica, hay que poner en marcha un plan que ataque simultáneamente el problema desde varios ángulos, y reforzar los distintos mecanismos de autocuración. Por ello, una combinación de los mismos adaptada a cada caso particular será más apropiado.

Normas a tener en cuenta:

1-Aprender a controlar el ser interior, evitando los métodos poco eficaces de autoconsuelo, que normalmente utilizamos para superar los tragos difíciles, tales como: tabaco, chocolate, televisión, alcohol, drogas, nata y, a veces, incluso los tranquilizantes. Estos métodos serán sustituidos por otros que hagan uso de las capacidades de autocuración del cerebro emocional y que permitan restablecer la armonía entre la parte cognitiva (racional), las emociones y un sentimiento de confianza en la existencia.

2-Es necesario identificar los acontecimientos dolorosos del pasado que continúan evocando emociones difíciles en el presente. Lo más corriente suele ser que los pacientes sean los primeros en subestimar la importancia de los accesos emocionales que todavía llevan en ellos. Estos accesos pueden condicionar enormemente su enfoque de la vida, reavivando a cada momento el dolor o limitando el placer. Siempre hay que realizar inventario de los conflictos crónicos en las relaciones afectivas más importantes, tanto en la vida personal (padres e hijos, cónyuges y resto de familiares) como laboral (jefe, compañeros, clientes…). Estas relaciones condicionan nuestro sistema emocional. Una vez saneadas, nos permiten recuperar nuestro equilibrio interior. Si contaminan continuamente el fluir de nuestro cerebro emocional, acaban por bloquear sus mecanismos de autocuración. A ello ayuda el control de la coherencia cardíaca y la comunicación emocional no violenta.

3-Realizar una serie de cambios en nuestra vida cotidiana, tales como:

-Modificar la alimentación, recuperando el equilibrio entre los ácidos grasos omega-3 y omega-6, proporcionando al cuerpo y al cerebro la materia prima ideal para reforzarlos. Reequilibrar la dieta diaria, por tanto, favoreciendo el pescado, y/o intentando tomar ácidos grasos omega-3 en suplementos alimenticios, si fuera necesario, disminuyendo el aporte de omega-6.

-Iniciar un programa de ejercicio físico, 20 minutos 3 veces a la semana como mínimo.

-Cuestionarnos si podríamos cambiar nuestra forma de despertarnos por la mañana, pues para empezar a regular el reloj biológico, basta con sustituir el despertador por una lámpara programada para simular la aparición del amanecer. El esfuerzo es mínimo y los beneficios potenciales muy importantes.

4-Finalmente, hallar un sentido más profundo al papel que desempeñamos en nuestra comunidad, más allá de nuestra familia inmediata. Quienes tal hacen tienen la sensación de extraer su energía de aquello que da un sentido a la propia vida.

Nuestro cerebro está precisamente hambriento de estos tres aspectos de la vida a los que no tenía acceso el personaje de El extranjero de Camus: los movimientos de nuestros cuerpos que son las emociones, las relaciones afectivas y armoniosas con quienes queremos, y el sentimiento de ocupar nuestro sitio dentro de la comunidad. Separados de todo eso, buscamos en vano una razón de ser fuera de nosotros mismos, en un mundo donde nos hemos convertido en extranjeros.

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Sobre el Autor

César Medrano

César Medrano lleva en el mundo de las medicinas alternativas desde el año 1992. Puedes ver su currículum en: http://sanandose.com/quien

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